Esto no es un blog, es un bloc. De notas, para más seña. Aquí apunto lo que se me pasa por la cabeza, lo que se me cruza por la vida o simplemente lo que se me antoja. Buscarle cualquier otra significación es perder el tiempo. Bienvenidos a ello y no se corten en comentar.

domingo, 4 de julio de 2010

Derecho a la pereza, Paul Lafargue

Una vez más me remito a los Arbeit, en esta ocasión para mirar a la crisis desde... el pasado, para comprobar que el "método de la crisis" es una argucia antigua.

“Libre te hago” dicen los Derechos del Hombre al trabajador, “libre de ganarte miserablemente la vida y transformar a tu empleador en millonario; libre de venderle tu libertad por una puñado de pan. Él te encarcelará diez o doce horas en sus talleres; no te dejará ir hasta que extenuado hasta médula de tus huesos, tan sólo te quede fuerza para engullir un poco de sopa y hundirte en un pesado sueño. Tienes tan sólo un derecho que no has de poder vender, y ese es el derecho a pagar impuestos”.


Trabajen, trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social y sus miserias individuales; trabajen, trabajen, para que, volviéndose más pobres, tengan más razones para trabajar y ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista.

Prestando oído a las falsas palabras de los economistas, los proletarios se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, precipitando así a toda la sociedad en las crisis industriales de sobreproducción que convulsionan el organismo social. Entonces, debido a que hay una plétora de mercancías y escasez de compradores, los talleres se cierran y el hambre azota las poblaciones obreras con su látigo de mil tiras. Los proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, no comprenden que el sobretrabajo que se infligieron en los tiempos de pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente; no corren al granero de trigo y gritan: "¡Tenemos hambre y queremos comer! Cierto, no tenemos ni un centavo pero por más pobres que seamos, sin embargo somos nosotros los que segamos el trigo y recolectamos la uva...". No asedian los almacenes del señor Bonnet, de Jujuriex, el inventor de los conventos industriales y exclaman: "Señor Bonnet, he aquí a sus obreras ovalistas, torcedoras, hilanderas, tejedoras; tiritan bajo sus telas de algodón, que están tan remendadas que perturbarían hasta a un judío y sin embargo, son ellas las que hilaron y tejieron los vestidos de seda de las mujerzuelas de toda la cristiandad. Las pobres, trabajando trece horas por día, no tenían tiempo de pensar en acicalarse; hoy, holgazanean y pueden hacer crujir los vestidos que hicieron. Desde que perdieron sus dientes de leche, se han dedicado a vuestra riqueza y han vivido en la abstinencia; ahora, tienen tiempo libre y quieren gozar un poco de los frutos de su trabajo. Vamos, señor Bonnet, entregue sus vestidos; el señor Harmel proporcionará sus muselinas, el señor Pouyer-Quertier sus telas de algodón, el señor Pinet sus botines para sus queridos piecitos fríos y húmedos. Vestidas de pies a cabeza y vivaces, será un placer contemplarlas. Vamos, nada de tergiversaciones: ¿usted es amigo de la humanidad, verdad? ¿Y cristiano antes que mercader, no? Ponga entonces a disposición de sus obreras la riqueza que ellas le construyeron con la carne de su carne. ¿Usted es amigo del comercio? Facilite la circulación de las mercancías; he aquí a los consumidores todos juntos; ábrales créditos ilimitados. Usted está obligado a dárselo a negociantes que no conoce, que no le han dado nada, ni siquiera un vaso con agua. Sus obreras cumplirán como puedan: si el día del vencimiento, ellas dejan que protesten su firma, usted las declarará en quiebra, y si ellas no tienen nada que pueda ser embargado, usted les exigirá que le paguen con plegarias: ellas lo enviarán al paraíso, mejor que sus ?bolsas negras? [curas] con su nariz llena de tabaco".

En vez de aprovechar los momentos de crisis para una distribución general de los productos y una holganza y regocijo universales, los obreros, muertos de hambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas del taller. Con rostros pálidos, cuerpos enflaquecidos, con palabras lastimosas, acometen a los fabricantes: "¡Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, dénnos trabajo; no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta!". Y estos miserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie, venden doce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el momento en que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria aprovechan la desocupación para fabricar a mejor precio.

Si las crisis industriales siguen a períodos de sobretrabajo tan fatalmente como la noche al día, arrastrando tras ellas el descanso forzado y la miseria sin salida, ellas traen también la bancarrota inexorable. Mientras el fabricante tiene crédito, da rienda suelta al delirio del trabajo, pidiendo más y más dinero para proporcionar la materia prima a los obreros. Hay que producir, sin reflexionar que el mercado se abarrota y que, si sus mercancías no se venden, sus pagarés se vencerán. Aguijoneado, va a implorar al judío, se arroja a sus pies, le ofrece su sangre, su honor. "Una pequeña pieza de oro haría mejor mi negocio", responde el Rothschild; "usted tiene 20.000 pares de medias en su tienda; valen veinte monedas de cobre, yo los tomo a cuatro". Obtenidas las medias, el judío las vende a seis u ocho monedas de cobre y se embolsa las inquietas cien monedas de cobre que no le deben nada a nadie: pero el fabricante retrocedió para saltar mejor. Finalmente llega la debacle y las tiendas estallan; se arrojan entonces tantas mercancías por la ventana, que no se sabe cómo entraron por la puerta. El valor de las mercancías destruidas se calcula en centenas de millones; en el siglo XVIII, se las quemaba o se las tiraba al agua


El método histórico.

La burguesía, relacionando todo consigo misma, decora con el nombre de Civilización y de Humanidad su orden social y su manera de tratar a los seres humanos. Para exportar la civilización a los pueblos bárbaros, sacarlos de su grosera inmoralidad y mejorar su miserable condición de vida, emprende sus expediciones coloniales, y su Civilización y su Humanidad se manifiestan bajo la forma del embrutecimiento por el cristianismo, de envenenamiento por el alcohol y el despojo y exterminio de los indígenas.
Pero se equivocaría quien pensara que ella favorece sólo a los bárbaros con los beneficios de su Civilización y de su Humanidad, y que no reparte tales beneficios sobre la clase obrera de los países donde ella domina. Su Civilización y su Humanidad se miden por la masa de hombres, de mujeres y de niños desposeídos de todos los bienes, condenados al trabajo forzado de día y de noche, a la desocupación periódica, al alcoholismo, a la tuberculosis, al raquitismo; por el número creciente de delitos y de crímenes; por la multiplicación de los asilos de alienados, y por el desarrollo y perfeccionamiento del régimen penitenciario.
Jamás ninguna clase dominante ha hecho tanto alarde del Ideal, porque jamás ninguna clase dominante ha tenido tanta necesidad de enmascarar su palabrería idealista. Este charlatanismo ideológico es su más seguro y eficaz medio de engaño político y económico. La chocante contradicción entre las palabras y los hechos no ha impedido a los historiadores y filósofos tomar las Ideas y los Principios eternos como únicas fuerzas motrices de la historia de las naciones dominadas por la burguesía. Su error monumental, que sobrepasa la medida permitida a los mismos intelectuales, es una prueba incontestable de la acción que ejercen las Ideas, y de la astucia con la cual la burguesía ha sabido cultivar y explotar esta fuerza para sacar los beneficios. Los financieros llenan los anuarios de sus instituciones bancarias de principios patrióticos, de ideas civilizadoras, de principios humanitarios, de inversiones de padres de familia al 6%; estos son infalibles cebos para atraer el dinero.

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